
La contienda
Abril 8, 2008Se miraron de arriba a abajo y no sería la última vez que lo harían. Eran contrincantes. Podían repetir este teatro todas las veces que quisieran. Por aburrimiento, por curiosidad, por venganza. No había otra razón más potente que los separara y, al mismo tiempo los uniera, que la rivalidad. Una condición, seguramente injusta para definir este encuentro, para este fingido y repentino interés del uno por el otro. La escena estaba servida. Las lámparas de sol apuntaban inmóviles sobre sus cabezas, mientras la plaza esperaba ansiosa la contienda. Los contrincantes miraron a su alrededor y solo descubrieron el vacío. Concentrados, esperaban la señal que marcaba el comienzo. Cuando llegó, imperceptible casi como un roce, el combate empezó. Todavía continúa. Sin mí.

No entiendo. ¿A qué tanta guerra? Ya el mundo lo hacemos pedazos en guerras infinitas, ya ciudades vecinas son rivales porque sí: porque en el siglo 5 uno no saludó a otro en un cruce de caminos. ¿Qué necesidad tenemos de repetir patrones de comportamientos tan arcaicos? ¿Hay necesidad de pelear? Deja mejor que peleen sin ti, ni los mires, no vale la pena. Tú cambia el paso y ve a hacer amigos.