
Traficando con las palabras
Mayo 4, 2008Siempre me ha gustado tratar a las palabras como si fueran entes vivos, con olor, sabor, color y además, significado. Hoy me he pasado casi toda la mañana escribiendo la frase ‘capilla ardiente’ y mi humor cambiaba por momentos. Al escribir la palabreja olía a difunto, a velatorio, la paladeaba y sentía su fuerte sabor a enfermedad y a muerte. De regreso a casa, con la mitad de la única neurona restante, seguí dándole vueltas al asunto. ¿Capilla ardiente? Ardiente, la palabra arde entre mis dedos, me insinúa un abrazo o un beso y sin embargo, aludo a un ilustre cadáver. Pero es igual, las palabras son tan caprichosas que sirven para decir todo lo que uno quiere y no quiere decir; se equivocan, se enquistan. Las palabras con las que a veces arañamos e insultamos, usando sus sílabas como lanzas. Las palabras que se enamoran de uno y no te sueltan por tres meses, mientras tú no te cansas de utilizar siempre la misma: Joder, joder, joder, capilla ardiente, capilla ardiente, ven, ven, vete, vete, vete como si fueran la misma cosa. En esta trampa de las palabras vivimos, traficando con ellas en una cotidianidad hecha de verbos y sustantivos. A ver, se ha preguntado por qué llamamos paciente a alguien que espera en un dentista, que se (IM)pacienta, porque un enfermo es alguien que tiene de todo menos esa cualidad de monje. Sobre esto no llegué a ninguna conclusión. En cambio, al margen de la poesía que me transmite ‘ardiente’, descubro su cola práctica. Es cierto, en la capilla ardiente velan los cuerpos sin vida y no conozco ninguno ardiente, si acaso fríos, tiesos e inmóviles. Al significado de capilla como el lugar donde se levanta un túmulo y se celebran honras solemnes por algún difunto. Se suma el de ardiente porque está alumbrada por muchas luces. No me canso, no se canse. Es legal, por el momento, traficar con palabras.
