Hemingway le llamó La Fiesta en una de sus novelas. Mi madre le llama la matanza. Para mi, es la pasión por la muerte. He agotado toda la reserva de pelis que tenía para ocasiones como esta. No puedo hacer grandes movimientos y mi cuello, más que un engranaje flexible, es una estaca que distancia la cabeza del resto del cuerpo. En fin, me adapto a la idea y me siento como ese girasol mustio al que su tallo apenas sostiene. Me chupo todo el excremento televisivo hasta que termino frente al espectáculo: El toro, “Mercenario”, sale al ruedo y a pesar de su imponente presencia siento lástima.
El rejonero, encima de su caballo, está dispuesto a todo con tal de demostrar su superioridad. ¿Superioridad? Me apunto al toro, esta masa de carne y furia que responde a su instinto. No sé quien dice que esto es la lucha entre el toro y el hombre. Yo sólo veo en mi televisor a un animal que se defiende. Otras veces se queda parado babeando de impotencia, como si sus heridas sangrantes le dolieran; Llego a pensar que se aburre de esta tontería, porque se aleja del centro del ruedo, algo que decepciona a los asistentes. ¿Qué esperan de un toro? El homo sapiens – le sobra lo segundo- lo busca, lo provoca, tiene una estrategia. El toro no. El hombre se baja del caballo y mata al animal de una estocada. Una parálisis en las patas y el resto, una sacudida. ¿Este espectáculo atroz es Arte? No, el Arte no duele. ¿Esto es cultura? Sí, como la de las hamburguesas. ¿Esto es tradición? Sí, como lo es la ablación del clítoris, la caza del zorro , comer carne de perro en Asia o el sometimiento de la Mujer. El progreso lucha contra todo eso. No nos engañemos, el toreo también es una gran industria. Hoy me avergüenzo de participar de este horror, de ser parte del grupo que agita un pañuelo blanco en una plaza. Esto no es una fiesta, es un funeral. Mi madre tiene razón. Es una matanza.
Archivo de 8/06/08



