Este es el fragmento de la columna de este domingo de Maruja Torres. Me pareció interesante compartirla con los que ya no compran el periódico, porque cada día tiene menos páginas y publican más tonterías. Habla sobre la motivación, esa palabra malainterpretada que utilizan tus jefes para desacreditarte cuando te niegas a sumarte a su carrusel de “hay que vender la noticia”, a toda costa. Si no te contagias de esa iniciativa, porque tú todavía crees en la información y su valor en sí mismo, pero no en el espectáculo informativo, aluden a tu falta de motivación…Bueno, aquí les va…Cada cual con su motivación.
“La motivación es hoy un asunto peliagudo, lo mires por donde lo mires, amor. Entre motivar a un estudiante y dar cursillos de motivación a jefes y capataces para que sean capaces de motivar al trabajador media un estrecho que es, más que un trecho, un océano. Los motivados cargos medios salen del curso meneando el culillo y se encuentran no sólo con que los empleados ya no están para hostias, sino con que apenas quedan empleados, porque han sido previamente motivados para que se larguen a casa. Por todo ello, al encontrarse ante los jóvenes y eternos becarios de treinta y tantos, a los motivadores sólo les queda una opción: motivarles para que hagan ver que se motivan, o motivarse para soportar el desprecio que su motivación provoca. Patético.
Esos chantas deliberadamente ignoran que lo único que motiva –y no me hablen de Gladiator en versión Guardiola: estamos hablando de trabajadores algo menos retribuidos que los futbolistas– es ver que el trabajo bien hecho se aprecia y se recompensa; y que quienes meten la pata repetida e intencionadamente son penalizados. Por el contrario –qué les voy a contar a ustedes–, nada desmotiva más que asistir a la continua escalada de los más inútiles y de los más pelotas y de los más dóciles. Eso sí que es un cursillo en vena. Hace demasiado tiempo que la mediocridad campa por sus respetos, y presumiblemente tenemos para largo.
El paraíso de los cantamañanas continúa con las puertas abiertas: entran y salen, salen y entran.”


A uno de los mejores delanteros del mundo le han pagado con un carné de persona ‘Non grata’ en el Fútbol Club Barcelona y eso debe doler. Las razones las explicó el entrenador Pep Guardiaola, como si del título de un bolero se tratara: ‘cuestión de filing’ . Desde que el deporte se ha convertido en otro negocio es habitual que la camiseta cada vez valga menos, pero todavía me sorprenden estos gestos de ingratitud. No quiero juzgar ni al Club, ni al jugador camerunés que es un talentoso alborotador, un incómodo al que debe ser muy difícil controlar en los vestuarios. A mi me gusta Eto’o, como juega y como alborota. Es mi tipo, prefiero a estos, que a los obedientes. Pero me ha dado un poco de penita, a su llegada a Italia, tras 13 años en España, con su media sonrisa, él tan habituado a esa carcajada africana que Pep Guardiola no aprecia.
Hoy he estado chancleteando por la ciudad, ese deporte de los que nos quedamos con el destino asfalto como mejor oferta del verano. La cara del idiota de turno en la televisión me persiguió insistente desde la fachada de la tienda más cara de España, el mismo tíode la boca obscena que cada 21 minutos me roba 12 desde la pantalla de la tele. Y sin embargo, si el Gobierno aprueba eliminar la publicidad de la televisión pública todo el mundo se echa las manos a la cabeza. Nos pondrán el canon del servicio y los ciudadanos tendremos que pagar, sólo por tener una televisión en casa, aunque no la encendamos desde la última crisis existencial. El sector de los publicitarios se tira de los pelos, porque perderá uno de sus mejores clientes. Las operadoras telefónicas anuncian que si las obligan a pagar un porcentaje a la televisión estatal para compensar las pérdidas por las entradas publicitarias, nos alzarán las tarifas de los servicios. 


