Archivos de la categoría ‘demonios del corazón’

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El payaso

Julio 14, 2008

El payaso tiene la boca pintada con una sonrisa que le cruza el rostro de lado a lado. Parece una carcajada, pero a veces también es como una cicatriz que él amplía insistente para que nadie dude. El payaso se vanagloria de ser tan feliz que no puede ocultarlo y se lo cuenta a todos, menos a mí. Cree que lo hace por no herirme, pero en el fondo está seguro de que yo no voy a creerle. Como si la felicidad no fuera otra cosa que ver el cielo más azul que los demás. Al payaso hoy todo le ha salido cuesta abajo, así que grita más fuerte que nunca, lanza frases con gran aspaviento de su cuerpo y se sacude como si sufriera convulsiones. Se divierte y con eso divierte a los demás, que se ríen y se lo pasan la mar de bien en compañía del payaso. Pero algo le falta o quizás le sobre, o tal vez sean ambas cosas las que no basten. El payaso disfruta su paraíso feliz y sin embargo, unos pocos minutos en el día, cuando está solo ante el espejo, sin la máscara siente algo extraño; dice que es el calor y se tumba para no pensar, pero cuando intenta hacer su número perfecto no le sale. Entonces le viene insistente a la cabeza una poesía de esas que no ha podido olvidar, a pesar de que ya no le importan. Es como una ráfaga de viento que le despeina la sonrisa, solo dura un segundo volátil. El payaso piensa que es una tontería y se queda inmóvil ante el espejo hasta que pasa. Corrige el gesto de inmediato. Después sale corriendo para ponerle los acentos que le faltan a su felicidad y se suma risueño, otra vez, a su rebaño. En estos días, el payaso grita más que nadie, para que nadie sospeche que vive la otra vida, la del que ríe, la del que hace el amor como un loco, la del que grita por las calles en la madrugada. El payaso exagera la nota. En este tiempo, he intentado algunas veces hablarle, tocar su carcajada, mancharme los dedos con la pintura de su cara. No me oye, porque yo siempre estoy del otro lado del espejo.

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Raúl Castro… me deprime

Julio 13, 2008

¿Adonde ir? ¿Qué hacer? Ese es el dilema. Siempre me quiero ir de todas partes, pero se me acaban los lugares. Me aburro de mí misma, de mis posts, de mis palabras, de escribir siempre las mismas oraciones. ¡ME ABURRO! Este sábado cuando leí a Raúl Castro me dieron escalofríos y se me congeló esa idea del mañana que tengo en mi cabeza; esa foto, bueno, no es una foto, porque si es el futuro será un holograma, donde aparezco de regreso en mi isla pedaleando feliz junto al mar y riéndome. Y me río, sobre todo me río. Creo que me he pasado todo este tiempo reservándome una carcajada gigante para ese momento. Y no lo tengo preparado, casi nunca lo pienso, pocas veces lo sueño. Y de pronto, habla el más pequeño de los hermanos Castro, el menos querido y recuerdo de golpe la risa pendiente. El nuevo presidente cubano habla de cambios, de dinero, de producción, de productividad, de economía, de desarrollo. ¡Muy bien, General de Ejércitos!, pero yo espero las otras palabras, las que no llegan, las palabras exactas que vuelvan mi holograma un trozo de tierra, un rayo de sol, un lugar libre, donde trabajar y vivir: Raúl Castro no quiere decirlas, no las encuentra. Y yo me quedo sin destino, sin pasaje qué comprar. El holograma se deshace como si hubiera sido infectado con un virus de eso que danzan por internet a la caza de los que viven sin paracaídas.

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Colocón de nubes

Julio 7, 2008

Esta imagen de regreso a Madrid desde Salamanca en un atardecer de esos que se te mete dentro. Y me quedé enganchada de esta nube rosada que me tocó en la lotería de la jornada perra. En estos días he retratado otra nube preciosa, fue aquí en plena ciudad, cuando la ví me puse tonta, en medio de la calle, y casi me atropella un coche. El conductor me soltó un bocinazo que me quitó el colocón de nube que llevaba. Cuando miro al cielo y veo nubes como estas me da por creer que todo es posible, y se me carga el ánimo con este sobredosis de nubes que me dura horas. Y después no puedo dormir de la excitación, como si hubiera descubierto el sexo de los ángeles. Creo que estoy un poco en las nubes.

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El fútbol y tú

Junio 23, 2008

Cuando era pequeña me gustaba el fútbol. En general me gustan todos los deportes, pero me gustaba más el fútbol, porque mi hermano Raúl jugaba en un club con una camiseta blanca que decía PLAZA DE LA REVOLUCIÓN en el pecho. Cuando toda la familia iba a verlo jugar, lo dejaban en el banquillo. Esos días mi padre discutía inevitablemente con el entrenador, mientras mi hermano y yo mirábamos el partido con un ojillo en la pelea. Era entretenido ver ese enfrentamiento en el campo de pies contra pies que hacían malabares por controlar una pelota. De todas formas, entonces, en el fútbol no había aterrizado Victoria Beckam, ni los contratos indecentes, ni el jugar por dinero. El fútbol era mi hermano con su camiseta. Hoy el fútbol no me gusta Creo, como el escritor Orman Pamuck, que se ha convertido en el summun de los nacionalismos, del odio y la xenofobia. Uno de los productos etrellas en esta compra-venta del mercado, el circo romano del siglo XXI. Ayer, sin embargo, me olvidé de eso y nos fuimos a un bar del barrio a juntarnos con la turba que veía el partido España-Italia; tú y yo ‘tifábamos’ por equipos distintos; yo sigo de acuerdo con el novelista turco, un trío de maleducados gritaba a nuestro lado: “italianos hijosdeputas, maricones” y unas chicas guapas moneaban delante de la cámara. A pesar pesar de todo disfruté del revolcón entre el humo de los cigarrillos y ese sabor dulce que la cerveza le daba a tu boca. Me burlé de tu depre post-partido y de todo, hasta de mí misma. En realidad, es que me importaba un pepino quién ganara. Más que el fútbol, eras tú.

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El inútil post

Junio 13, 2008

Este post no va a devolverle la vida al camionero atropellado por uno de sus compañeros en Granada. No voy a conseguir que el Euríbor baje, ni que la gasolina cueste menos. Con este post no voy a ser más feliz, ni voy a hacer que otros lo sean. No se va a resolver el problema del hambre en el mundo. Este post no va a salvar la tierra del cambio climático. Estos párrafos que escribo cada día se quedan siempre cojos de poesía, tuertos de literatura, mancos de información. Es así: ¡escribir no sirve para nada! ni para nadie. En estos días lo doy más que nunca por descontado. Y sin embargo, no lo puedo evitar, revolverme contra la pared y contra mi misma, apretarme contra la pantalla e insistir. Ya -creo- haberlo escrito al comienzo de este mensaje… Da igual, ahí va el inútil post de cada día.

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Los toros desde la barrera

Junio 8, 2008

Hemingway le llamó La Fiesta en una de sus novelas. Mi madre le llama la matanza. Para mi, es la pasión por la muerte. He agotado toda la reserva de pelis que tenía para ocasiones como esta. No puedo hacer grandes movimientos y mi cuello, más que un engranaje flexible, es una estaca que distancia la cabeza del resto del cuerpo. En fin, me adapto a la idea y me siento como ese girasol mustio al que su tallo apenas sostiene. Me chupo todo el excremento televisivo hasta que termino frente al espectáculo: El toro, “Mercenario”, sale al ruedo y a pesar de su imponente presencia siento lástima. El rejonero, encima de su caballo, está dispuesto a todo con tal de demostrar su superioridad. ¿Superioridad? Me apunto al toro, esta masa de carne y furia que responde a su instinto. No sé quien dice que esto es la lucha entre el toro y el hombre. Yo sólo veo en mi televisor a un animal que se defiende. Otras veces se queda parado babeando de impotencia, como si sus heridas sangrantes le dolieran; Llego a pensar que se aburre de esta tontería, porque se aleja del centro del ruedo, algo que decepciona a los asistentes. ¿Qué esperan de un toro? El homo sapiens - le sobra lo segundo- lo busca, lo provoca, tiene una estrategia. El toro no. El hombre se baja del caballo y mata al animal de una estocada. Una parálisis en las patas y el resto, una sacudida. ¿Este espectáculo atroz es Arte? No, el Arte no duele. ¿Esto es cultura? Sí, como la de las hamburguesas. ¿Esto es tradición? Sí, como lo es la ablación del clítoris, la caza del zorro , comer carne de perro en Asia o el sometimiento de la Mujer. El progreso lucha contra todo eso. No nos engañemos, el toreo también es una gran industria. Hoy me avergüenzo de participar de este horror, de ser parte del grupo que agita un pañuelo blanco en una plaza. Esto no es una fiesta, es un funeral. Mi madre tiene razón. Es una matanza.