Archivos de la categoría ‘Visto lo visto’

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Humorismo madrileño

Julio 15, 2008

En este cartel no sé quien demuestra tener más humor, si la Comunidad de Madrid que te hace esperar un año por una mamografía o por una consulta con el alergista, o el metronauta anónimo que con su boli y su atenta caligrafía le corrigió, le aumentó y le mejoró la frase oficialista.  “La Comunidad de Madrid, un gran lugar donde nacer. Donde vivir. Gracias a que contribuyes con tus impuestos tenemos los mejores servicios públicos de Europa”.  Aquí el editor se descojona y anota…¡ja, ja, ja, ja! A  Sabiendas de que Esperancita y compañía están privatizando todo el sistema sanitario público.  Para ampliar su argumentación y porque el metro no llegaba, nuestro viandante le agregó un pensamiento al ingenuo bebé de la foto. “Pobre de mí, tan pequeño y ya manipulado políticamente por Aguirre”.

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El enemigo está dentro…

Julio 3, 2008

La TATE Modern de Londres ha incluido en sus exposiciones veraniegas el Street Art para de una vez por todas darle un espacio cultural al mensaje callejero. Al graffiti que te obliga a fijar la vista, a detenerte y te mete su irreverencia en el bolsillo. Tú te vas a casa pensando. Eso es arte. En uno de mis paseos por Madrid, encontré este graffiti, que no estaba en una pared, sino en el suelo, no era una de esas manchas egocéntricas que abundan en mi barrio, con el nombre del embarrador de turno. Este graffiti tiene su misterio, sus inquietantes palabras medio temblorosas o zizagueantes, escritas con un ojo en la labor y otro en el madero vigilante. Más allá del calor y el alcohol, que riman y parecen juntarse como imanes, hay gente muy filosófica disparando con el spray .

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La publicidad sin comentarios

Junio 24, 2008

No creo que merezca ningún comentario este slogan publicitario de una famosa marca de artículos y prendas deportivas. No creo que la publicidad tenga escrúpulos. Ignoro si se dan cuenta del mundo que están ayudando a construir o su contrario. No sé si solo piensan en que sus frases vendan más balones y más zapatillas o en el dinero que les va a reportar. No sé si les da lo mismo que haya millones de personas enganchadas a las drogas, gente condenada a morir de sobredosis. No sé si los publicitarios tengan alguna vez este tipo de pensamientos incómodos, pesimistas. Pensamientos que no queremos pensar. ¿Pensarán en eso los publicitarios? Los creativos geniales que tienen hijos adolescentes, hermanos camellos, tíos dependientes de la metadona y madres que tropiezan cada sábado en la acera con algún drogata en estado de shock. ¿Pensarán en eso al menos una vez en la vida o ya tan solo les importa creer lo ingeniosas que son sus dobladas ocurrencias?

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Mi gimnasio, los espejos y el placer

Junio 12, 2008

Hoy ha sido el regreso a mi vida normal entre vacaciones y contracturas. No me había dado cuenta de cuanto echaba de menos a mi gimnasio. No tiene nada de especial este espacio lleno de espejos y de gente sudorosa, y sin embargo, es distinto. Los asiduos -casi todos- se besan cuando llegan (mua-mua) y cuando se van (mua-mua). La profesora es pequeña y musculosa. Rubia a lo Marilyn, pero tan fuerte como ese actor norteamericano que engulle esteroides y que todavía nos amenaza con sus películas de épica pugilística. Es simpática verla cuando va de un extremo a otro dentro de su licra minúscula echando ambientador sobre nuestras cabezas, mientras grita: ¡Aquí huele a tigre! Y los tigres , en su mayoría una comparsa de fisiculturistas inflados a pastillas y batidos energéticos, se quedan inmóviles hasta que el aroma se mezcla con la acidez del aire. Este es mi gimnasio. Hoy he regresado a su dinámica diaria, a flotar entre los tigres y su testosterona. “No te veo desde hace rato”, me dice uno. Le explico lo de la contractura y a pesar de que busco sus ojos, solo los encuentro en el espejo a mis espaldas, donde mira insistente su propia figura. Me faltaba esta atmósfera de barrio y comadreo que reina temprano en las mañanas, cuando hay solo cuatro o cinco chicos que desaparecen por turnos y de dos en dos tras la puerta del baño. Yo, observo, respiro y pedaleo. Pectorales, biceps, estoy a punto de pasar a los abdominales, cuando sale ajustándose el chándal; él otro se incorpora tres segundos después duchado; se aleja hacia la puerta de salida dejando una estela de perfume caro. “Adiós chicas”, grita a los presentes, “bye, bye Martha”, le dice con un humor envidiable a un barbudo que usa un ajustado pantaloncito naranja. ¿Qué pasará detrás de la puerta del baño de los chicos? Mi imaginación mantiene el suspenso para que yo pueda soportar esta agonía de las repeticiones, del músculo que se resiste al ejercicio. La curiosidad puede más que mi constancia. Termino mi sesión con el ritual: dos besos a la profe. Y sé que voy a regresar mañana, a este lugar donde el placer se refleja en los espejos.

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Madrid con sabor agridulce

Mayo 30, 2008
El regreso es siempre duro. Sobre todo si es de vacaciones y llegas de un sitio soleado y caliente. El comienzo del regreso fue así: A pesar de mi resistencia inicial, la tentación pudo más y cargué con tres periódicos que a duras penas llevé, entre mis trastes preferidos (mochila y cámara fotográfica) hasta mi asiento, el 25L. El avión despegó y nueve horas después de lecturas y seudosueños llegué a Barajas. ¡Qué raro, el cielo estaba más gris que el de las novelas de Joyce! Me metí en el gusano ‘tragagente’ y salí dando traspiés por su culo hasta una sala con demasiada luz artificial. Encontré mi cinta y ya con mi pesada maleta rebusqué la salida. Noté con inquietud que la gente me miraba, serían mis ojeras o mi pelo que amanece rebelde y erizado, pero no. Eran mis sandalias, mi pantalón corto, mi camiseta desmangada, la piel que sale a tiras de mi espalda. Era el desentone total. Madrid, gris y fría, salió a mi encuentro. Yo la abracé sin importarme, aún cuando sus calles parecían revueltas con la huelga de los pescadores, la de los vampiros de los parquímetros. De esta última, aunque me siento una pizca culpable al decirlo, me aproveché para aparcar mi coche donde me venía la ganita. Después de mi indigestión informativa descubrí que además de la frialdad, Madrid me invitaba a su bacanal de libros, en el Retiro y a la exposición de Retratos del Renacimiento, en el Prado. Había de todo en la capital del oso asexuado. El caso bloke reveló que hay un juez implicado en la trama de corrupción policial en Coslada, que el mítico Raimon cantó en la complutense como si fuera 1968. Gracias, Madrid. No sabes cuanto aprecio esta bienvenida agridulce, mi sabor preferido.
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Traficando con las palabras

Mayo 4, 2008

Siempre me ha gustado tratar a las palabras como si fueran entes vivos, con olor, sabor, color y además, significado. Hoy me he pasado casi toda la mañana escribiendo la frase ‘capilla ardiente’ y mi humor  cambiaba por momentos. Al escribir la palabreja olía a difunto, a velatorio, la paladeaba y sentía su fuerte sabor a enfermedad y a muerte. De regreso a casa, con la mitad de la única neurona restante, seguí dándole vueltas al asunto. ¿Capilla ardiente? Ardiente, la palabra arde entre mis dedos, me insinúa un abrazo o un beso y sin embargo, aludo a un ilustre cadáver. Pero es igual, las palabras son tan caprichosas que sirven para decir todo lo que uno quiere y no quiere decir; se equivocan, se enquistan. Las palabras con las que a veces arañamos e insultamos, usando sus sílabas como lanzas. Las palabras que se enamoran de uno y no te sueltan por tres meses, mientras tú no te cansas de utilizar siempre la misma: Joder, joder, joder, capilla ardiente, capilla ardiente, ven, ven, vete, vete, vete como si fueran la misma cosa. En esta trampa de las palabras vivimos, traficando con ellas en una cotidianidad hecha de verbos y sustantivos. A ver, se ha preguntado por qué llamamos paciente a alguien que espera en un dentista, que se (IM)pacienta, porque un enfermo es alguien que tiene de todo menos esa cualidad de monje. Sobre esto no llegué a ninguna conclusión. En cambio, al margen de la poesía que me transmite ‘ardiente’, descubro su cola práctica. Es cierto, en la capilla ardiente velan los cuerpos sin vida y no conozco ninguno ardiente, si acaso fríos, tiesos e inmóviles. Al significado de capilla como el lugar donde se levanta un túmulo y se celebran honras solemnes por algún difunto. Se suma el de ardiente porque está alumbrada por muchas luces. No me canso, no se canse. Es legal, por el momento, traficar con palabras.