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Eduardo Galeano

La pequeña muerte

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces del dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña Muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña Muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

El mar

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
¡Ayúdame a mirar!

2 comments

  1. [...] a punto de merecer un Granmy. Escribí cientos de páginas que nadie se lee y me pensé escritor. Recité poemas, escribí en tu cuerpo mil veces la palabra hamor con mi saliva. Más tarde abracé el aire, [...]


  2. Leí ‘El libro de los abrazos’ siendo un adolescente, aunque la edad ya no me acompañaba. Un amigo me lo presentó; le agradezco más de mil veces. Cuando aquello acostumbraba a devorar todos los libros que olían a poesía y pensaba en el amor como esa ‘pequeña muerte’ que nunca termina por matarnos del todo. Aun me acompañan esos pensamientos (ya no tan ingenuos) y esa pequeña reflexión que espero nunca caiga en el olvido.


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