Archive for 18 diciembre 2007

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Los extraterrestres

diciembre 18, 2007

Los extraterrestres llegan en Navidad o en pleno verano, la fecha es lo de menos, porque los extraterrestres siempre llegan, aunque no los esperen. Descienden de sus naves especiales y nadie les recibe. A su llegada, los extraterrestres encuentran ceños que se fruncen y muecas alargadas. Llegan con los ojos hundidos y una lucecita dentro que como un motor les hace andar sin detenerse, sin cansarse. et.jpg
Los extraterrestres hablan con un acento raro que pocos entienden y comen cosas absurdas y pintorescas, como arcoiris grillé o melocotones a la menta. Son tristes o felices, son bonitos, son feos, son altos, son bajitos, son tiernos y bruscos, son buenos y malos. Los extraterrestres copian las palabras que oyen, imitan los buenos chistes para ser simpáticos y aceptados; se camuflan con las ropas prestadas de un amigo, se compran una planta del lugar y la riegan para que al final se muera sin remedio; los extraterrestres ven una película de moda y no alcanzan a entender el desenlace de la trama. Los extraterrestres respiran como si siempre les faltara el aire y extienden el dedo señalando un lugar perdido entre su casa y el resto del universo. Los extraterrestres lloran cuando los demás creen que ríen. Con todos los dientes se ríen, no saben bien de qué, porque en verdad se lloran con todas las ganas que son capaces de esconder. ¡Los extraterrestres mienten para salvarse de ser extraterrestres!

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La puta Esperanza

diciembre 12, 2007

Soy negra, soy inmigrante, soy ilegal, soy menor de edad. Soy puta. Mi nombre es Esperanza, pero qué importa. Suena a mal chiste, de esos que nadie se ríe, por eso no lo cuento. Esperanza, una torpe palabra desconocida en esta calle donde vivo. Soy la putita negra, la zorra, la mujer al alcance de todos. ¿Qué os apetece? Un griego, un francés, un beso negro, una lluvia dorada, un trío salvaje con doble penetración. ¡Sírvase Ud mismo! A la carta, a domicilio. Puede ser un ratito o la noche entera. Soy la mami, un trozo de carne, soy el agujero negro de los vicios. Úsame, pégame, penétrame, quémame, domíname, maltrátame, pero paga. Estoy para lo que guste mandar; mi lengua está a su disposición, mi boca, mis pechos. Son tuyos. En mi vida no hay frío, no hay calor. No hay sábados ni domingos, no hay crisis hipotecarias. Los clientes son ávidos y abundantes. Pagan lo que sea por este cuerpo de niña, delgado y paliducho que pueden manejar a su antojo. Todas las noches son iguales en esta vida, largas y pesadas, como los gestos de estos hombres que me tocan, que me arañan, que me hunden su mierda en mis entrañas. Y el frío, y el calor y la nieve, y el dolor, y el asco se quedan atascados en algún lugar, mientras yo pienso en los billetes, en la cara borrosa de mi hijo, mientras pasan sobre mí, dentro de mí, este, el otro, y el quinto, y el octavo. Y al final, estoy cansada, sí. Me siento en el bordillo de la acera, a dos pasos de mi dueño que se impacienta. “Los clientes tienen que ver la mercancía”-me dice y me pellizca cuando pasa a mi lado. Él me protege de los demás, pero no de sí mismo. Él me pega, él me usa. Él hace los descuentos y las ofertas. Él se lleva el 60 por ciento de lo que gano. “Anda ya, vete a casa, que por hoy está bien” -me empuja. Y yo me voy a casa a vomitar la noche, que de tanto abrir las piernas se me ha metido dentro y hoy tampoco voy a conseguir que amanezca. Mañana, dentro de unas horas, esta mujer de todos y de nadie llegará a su habitación, encenderá la radio, donde un corro de periodistas exponen brillantes argumentos a favor o en contra de la legalización de mi cuerpo, de mi lengua, de mis pechos, de mi culo. Las palabras, como los hombres que conozco, todas iguales. Los discursos corren por mis oídos como por una autopista y van a perderse en el vacío. ¡Quién los escucha! Yo seguiré siendo quién soy: La puta Esperanza. Con un DNI o sin él, con una ley, con un dueño, con una pena pintarrajeada en la cara. ¡Déjame ver tu billetera! Venga, vamos, dejaré que te corras en mi boca por casi nada. Me lo trago todo, papi, si tú quieres, aunque te costará un pelín más, guapo. ¡Son las reglas del juego! Pero paga, bonito, paga lo que me debes, que esto no es El Corte “Inglé”, aquí no se admiten devoluciones. Mi madre espera, mi hijo espera, todos esperan estos billetes embarrados de semen que les mando.