Archive for 27 febrero 2008

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Felices los normales

febrero 27, 2008

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Hace unos días alguien cerca de mí se preguntaba en voz alta porqué siempre que encontramos a otro, invariablemente le preguntamos a qué se dedica, qué hace. La norma, los normales. El rigor adulto que quiere saber lo que presuponemos sea lo más importante. Quizás tengamos que traernos de vuelta a ese preguntón de ‘El Pequeño príncipe’, para refrescar nuestra manera de intercambiarnos con los otros. Reactivar el atrevimiento del personaje-símbolo de Saint Exupery con el qué color te gusta más o cuál es tu sabor preferido, o si disfrutas más los crepúsculos que los amaneceres. ¿Tienes quien te domestique? o ¿a qué hora quieres que te espere? En fin, sacudir a este animal de costumbres que somos, pedirle que se desespere, que se angustie, que se enamore, que se sofoque para no ir por el mundo preguntando a los demás lo qué hacen, sino lo qué quieren hacer, en las cosas qué creen, o en el poeta que prefieren. Me gustaría más a mí misma, quizás también a los demás. Voy a intentar dejar de ser esta mascota del hábito que se enfada, porque hoy un peluquero me dejó la cabeza rapada y el cerebro intacto ¡Qué suerte, estoy de pena, pero todavía puedo pensar! No prometo nada. Es difícil. Estoy dentro del sistema.

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El cinismo periodístico y las patatas fritas

febrero 19, 2008

Me he pasado el día leyendo los periódicos sin conmoción alguna, ni sobresaltos, sin angustias, ni alegría. Lo peor es que ya pocas noticias me conmueven, o sobresaltan, o angustian, o alegran, o me emocionan. Eso, es probablemente lo que en el caso de los médicos llaman la profesionalidad. Yo soy un poco más caústica. Le llamo cinismo. El cinismo periodístico llega a niveles más altos que mi propio colesterol, por eso todos los días consumo toneladas de patatas fritas periodísticas. Para mi colesterol o mi cinismo. No sé ya. Lo cierto es que las noticias me parecen, en su gran mayoría, infladas. Aquí hubiera querido escribir inventadas, pero no quiero cometer siempre el mismo error de exagerar. Digamos -con ternura vocacional- que la información está inflada. Un hecho cualquiera se produce, un canal las transmite y es noticia. Ese mismo hecho, una semana después se repite pero los canales lo ignoran, porque ese día hay muchas patatas informativas, y no es noticia. La importancia en sí del asunto es lo de menos. Lo de más, es que los periodistas, gente como yo y como otros miles de asueldados a las órdenes de los grandes grupos informativos (leáse Mediaset, Vocento, Prisa, etc) podamos convertir la violencia machista, o la muerte de una prostituta en una patata frita apetecible para todas las tallas de estómago. ¡Esa es la cuestión! Lo peor es que nos han vendido lo del Periodismo urbano, participativo, Tú periodista y otros eufemismos para definir esta información de bajo coste, este periodismo precario de verdad, de conocimientos, de profundidad, de esencias que nos imponen como dieta. Y las empresas pretenden vender más patatas fritas informativas, por lo que cada vez necesitan menos periodistas profesionales y más cocineros cínicos, despiadados que puedan remezclar la objetividad y la verdad hasta hacerla un potingue vulgar. Para esta profesión solo es imprescindible saber freír la información que escupe el teletipo. Si está caliente y cruje, los lectores masticarán el sucedáneo con ávidez, mientras piensan que qué bien informados están.

P.D Si alguien pensó que iba a escribir de la renuncia de Castro al poder, de esta jubilación atrasada se equivocaron. Castro no dejó el poder este martes 19 de febrero. Al padre cruel de todos los cubanos lo sacó del poder el tiempo, cuando hace más de un año, el cuerpo le dijo ¡Basta! Hoy todos los periódicos han cocinado comida congelada para Ud. Elija con cuidado su menú, lea la etiqueta de lo que consume. Mire, que no quiero dar consejos. Las patatas fritas provocan daños irreversibles.

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Los equívocos

febrero 12, 2008

Confundir el crepúsculo con los amaneceres. La personalidad con el personaje. Encender la calefacción y sentirse en el trópico. Llenar de agua la bañera de casa y nadar hasta el cansancio. Comerse dos plátanos y salir dando saltos creyéndose King Kong. Tararear una canción y querer competir en los próximos Grammy. Llenar de letras cientos de páginas y pensarse escritor. Para ser un romántico, la fórmula es gratis, recitar tres poemas, escribir en un cuerpo mil veces la palabra hamor con saliva. Abrazar el aire, besar la niebla. Y por último, tragarse un anzuelo para aliviar el dolor de conciencia. El resultado es obvio, sobra imaginación para saberlo. Aquí estoy, sin uñas, sin palabras, sin ti. Los equívocos son los errores garrafales que cometemos; los traspiés que nos damos con la torpeza, nuestra mejor virtud. Y ahora, por si acaso mi mala memoria pretende que me olvide de estos días, escribo el siguiente aviso: ¡Recordad, caminantes, la culpa es de uno que siempre se equivoca!

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El mejor de los mundos posibles y las elecciones

febrero 8, 2008

Aquel mensaje no debería haber llegado a nuestros ojos, menos a nuestro cerebro, pero la publicidad es más persistente que un dolor de muelas. Y ahí está con sus tetas de papel y su ombligo cíclopeo presidiendo la calle. Todas las miradas se posan sobre la foto el tiempo indispensable para reconocer su superioridad. Los conductores de autobuses se saben de memoria cada una de sus curvas y han contado, una por una, sus pestañas. Los paseantes han paseado mil veces por esas calles, donde aparece su cuerpo como un totem al hedonismo y al consumo; los bebés paran de llorar, cuando desde el cochecillo reconocen el rostro de la modelo. Las mujeres tratan de memorizar la postura para imitarla, en las alcobas con sus maridos.De frente a aquellas piernas, desde un púlpito similar un político clama por el triunfo, pero su rostro y la frase que lo ha acompañado durante toda la campaña lucen descoloridas y opacas. la Diosa del consumo y el político se miran a la cara, retándose en silencio. Los militantes de aquel partido que huelen la derrota, han exigido explicaciones, han insultado, y pataleado en las oficinas públicas con rabia y desconsuelo. Han culpado de su descrédito a la publicidad, tan invasiva; a los paseantes, a los conductores de autobuses, a los bebés con sus putas madres. Ambos, la modelo y el político prometen lo mismo: la primera, asegura que a usted le van a quedar igual de bien estas braguitas; el otro, un futuro en el mejor de los mundos posibles. Es un duelo de mentiras, pero los votantes saben ya lo que van a votar, lo que más necesitan; La otra promesa nadie la lee. ¿O acaso hundirse entre las piernas de esa mujer-ilusión no es ya el mejor de los mundos posibles?

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El adiós

febrero 6, 2008

No sé con exactitud cuando comenzó nuestra despedida. Cuando llegó este momento difícil en el que fue inevitable el adiós. Un adiós que cada vez parece más definitivo, un adiós para siempre y sin vuelta atrás. Un ADIÓS aplastante. Pesado como una lápida en el cementerio de Colón, oneroso, como una hipoteca en Madrid. Pero la vida –reconozco- me ha modelado a su antojo hasta volverme este indiferente, este apático y he aceptado sus imposiciones, casi sin rechistar: “porque no hay nada que hacer”, o “porque no se puede nadar a contracorriente”; y un poco por inercia y por mi falta de valor he aceptado perderte, por obra y gracia del capricho y las imposiciones de otros. Por eso acepté renunciar a ti, al placer de compartir mañanas y tardes irrepetibles. Fue mejor acostumbrarme cuanto antes a la idea de que tú no estuvieras, para que tu vacío no fuera tan doloroso, y olvidar lo más rápido posible ese cansancio feliz que me dejabas en el cuerpo, ese sudor del instante después, de estar contigo.
Pero hay días en que se hace más difícil sobrellevar tu ausencia, y regresas a mi mente en forma de deseo, ganas de ir a buscarte, pero en vez de eso miro los escaparates, leo un libro, cojo el metro para ir a ninguna parte, me desató a hablar de ti en un chat de gente como yo, para quedarme igual, sin salvación. Pienso en mi poco coraje para defenderte, para enfrentarme a la encrucijada de escoger. Y escogí dejarte. ¿Qué otra cosa podía hacer? Si seguíamos juntos hubiera sido un suicidio, esta pasión por ti, tan incomprendida, tan maltratada.
Desde que te abandoné no soy el mismo. Soy una tripa que camina, que habla, una tripa con ojos que habla de coches y de marcas. Mi cuerpo ha ido perdiendo la elasticidad con la que te hacía vibrar, cuando un pequeño esfuerzo bastaba para que respondieras danzarina , como una amante adolescente. Desde nuestros primeros paseos por lugares cercanos, hasta tener la osadía de alejarme de casa e ir descubriendo la ciudad contigo. Después fui creciendo y tú tampoco ya eras la misma: eras más alta, sofisticada, deslumbrante. Yo también me volví más audaz. Nuestras cabalgatas se convirtieron en la gran aventura, aprendí a gozarte, por tu soltura, por tu ligereza, porque tenerte entre mis piernas me ponía excitado y eufórico. Me sentía capaz de todo y cuando la brisa me acariciaba el rostro empujándome el pelo hacia atrás, era un enamorado correspondido. Tendidos en la hierba reposando no me distraía ni un segundo, mi mirada no se despegaba de ti, celoso de que alguno de los paseantes, encandilado por tu belleza, intentara algún atrevimiento. O peor, que tratara escapar contigo. Saltabas a la vista con ese talle esbelto de curvas preciosas, por eso me quedaba muy cerca: tú y yo juntos como no vamos a estarlo nunca más. Sin demasiado esfuerzo puedo recordar la sensación de mi mano o mi pierna rozándote, como al descuido, para mantenerme unido a ti y que ni un solo minuto dejaras de ser mía. Estos recuerdos ahora son cosas del pasado, trozos de nostalgia enganchados en cada una de las esquinas de esta ciudad que me recuerdan lejanamente tu presencia. Y a ratos me da por preguntarme… ¿qué será de tu vida? ¿Dónde estarás ahora? Aquí en esta ciudad que no te quiere seguro que no. ¿Con quién? ¿Te cuidará tanto como hacía yo? Me resulta insoportable la idea de que seas de otro, de que otras manos te acaricien, de que complazcas los caprichos de algún extraño. Recuerdo la última vez que lo intentamos, fue en esta misma calle, los coches pasaban a nuestro lado, desde las ventanillas los conductores nos miraban burlones, nos escupían insultos, porque no nos querían. El regreso a casa, llevándote de la mano, casi avergonzado. No sabría decir cuando fue que la ciudad se llenó de ruido, de destrozos que van a hacer el mérito de alguno, de humos que van a hacer enfermedades y dolor de otros. No sabría decir cuando nos cancelaron de sus planes, nos anularon como si no existiéramos. ¿Quién prohibió esta pasión? ¿Quién se ha interpuesto en nuestras vidas? ¿Quién no deja que estemos juntos?… mi buena y querida bicicleta.