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El adiós

febrero 6, 2008

No sé con exactitud cuando comenzó nuestra despedida. Cuando llegó este momento difícil en el que fue inevitable el adiós. Un adiós que cada vez parece más definitivo, un adiós para siempre y sin vuelta atrás. Un ADIÓS aplastante. Pesado como una lápida en el cementerio de Colón, oneroso, como una hipoteca en Madrid. Pero la vida –reconozco- me ha modelado a su antojo hasta volverme este indiferente, este apático y he aceptado sus imposiciones, casi sin rechistar: “porque no hay nada que hacer”, o “porque no se puede nadar a contracorriente”; y un poco por inercia y por mi falta de valor he aceptado perderte, por obra y gracia del capricho y las imposiciones de otros. Por eso acepté renunciar a ti, al placer de compartir mañanas y tardes irrepetibles. Fue mejor acostumbrarme cuanto antes a la idea de que tú no estuvieras, para que tu vacío no fuera tan doloroso, y olvidar lo más rápido posible ese cansancio feliz que me dejabas en el cuerpo, ese sudor del instante después, de estar contigo.
Pero hay días en que se hace más difícil sobrellevar tu ausencia, y regresas a mi mente en forma de deseo, ganas de ir a buscarte, pero en vez de eso miro los escaparates, leo un libro, cojo el metro para ir a ninguna parte, me desató a hablar de ti en un chat de gente como yo, para quedarme igual, sin salvación. Pienso en mi poco coraje para defenderte, para enfrentarme a la encrucijada de escoger. Y escogí dejarte. ¿Qué otra cosa podía hacer? Si seguíamos juntos hubiera sido un suicidio, esta pasión por ti, tan incomprendida, tan maltratada.
Desde que te abandoné no soy el mismo. Soy una tripa que camina, que habla, una tripa con ojos que habla de coches y de marcas. Mi cuerpo ha ido perdiendo la elasticidad con la que te hacía vibrar, cuando un pequeño esfuerzo bastaba para que respondieras danzarina , como una amante adolescente. Desde nuestros primeros paseos por lugares cercanos, hasta tener la osadía de alejarme de casa e ir descubriendo la ciudad contigo. Después fui creciendo y tú tampoco ya eras la misma: eras más alta, sofisticada, deslumbrante. Yo también me volví más audaz. Nuestras cabalgatas se convirtieron en la gran aventura, aprendí a gozarte, por tu soltura, por tu ligereza, porque tenerte entre mis piernas me ponía excitado y eufórico. Me sentía capaz de todo y cuando la brisa me acariciaba el rostro empujándome el pelo hacia atrás, era un enamorado correspondido. Tendidos en la hierba reposando no me distraía ni un segundo, mi mirada no se despegaba de ti, celoso de que alguno de los paseantes, encandilado por tu belleza, intentara algún atrevimiento. O peor, que tratara escapar contigo. Saltabas a la vista con ese talle esbelto de curvas preciosas, por eso me quedaba muy cerca: tú y yo juntos como no vamos a estarlo nunca más. Sin demasiado esfuerzo puedo recordar la sensación de mi mano o mi pierna rozándote, como al descuido, para mantenerme unido a ti y que ni un solo minuto dejaras de ser mía. Estos recuerdos ahora son cosas del pasado, trozos de nostalgia enganchados en cada una de las esquinas de esta ciudad que me recuerdan lejanamente tu presencia. Y a ratos me da por preguntarme… ¿qué será de tu vida? ¿Dónde estarás ahora? Aquí en esta ciudad que no te quiere seguro que no. ¿Con quién? ¿Te cuidará tanto como hacía yo? Me resulta insoportable la idea de que seas de otro, de que otras manos te acaricien, de que complazcas los caprichos de algún extraño. Recuerdo la última vez que lo intentamos, fue en esta misma calle, los coches pasaban a nuestro lado, desde las ventanillas los conductores nos miraban burlones, nos escupían insultos, porque no nos querían. El regreso a casa, llevándote de la mano, casi avergonzado. No sabría decir cuando fue que la ciudad se llenó de ruido, de destrozos que van a hacer el mérito de alguno, de humos que van a hacer enfermedades y dolor de otros. No sabría decir cuando nos cancelaron de sus planes, nos anularon como si no existiéramos. ¿Quién prohibió esta pasión? ¿Quién se ha interpuesto en nuestras vidas? ¿Quién no deja que estemos juntos?… mi buena y querida bicicleta.

 

One comment

  1. Es verdad andar en bicicleta por Madrid es un suicidio, atenta contra la razón y la vida, por eso nos hicieron una vía verde de la que no se puede salir y no se llega a ningún sitio, uno da vueltas sobre sí mismo…
    Pero la sensación de libertad de aquel chico en Noviembre rodando la Cibeles es una imagen que se puede olvidar

    Bonito blog
    Saludos



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