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La (in)utilidad de las Cosas

marzo 19, 2008

¡Las cosas! Las grandes, las pequeñas. Estamos rodeados de ellas, tan útiles, tan necesarias, tan cómodas. Son las cosas con las que llenamos la cotidianidad: tan modernas, de tan buena calidad, tan bonitas, tan caras, tan baratas. Todos los adjetivos sirven y al mismo tiempo sobran. Así son las cosas, a las que siempre les va tan bien el viceversa. Se cuelgan de nuestro cuello, como el Ipod o las gafas y nos chantajean con su espíritu práctico y su carácter irreversible. Pero están también, las otras cosas, esas que viven dentro del armario y nos estrujan de nostalgia cuando intentamos deshacernos de ellas. Es el cuaderno de matemáticas de tercero o la maleta de la primaria con su broche metálico. Son los souvenirs que compramos o nos han regalado en aquel inolvidable viaje a Casiopea, por decir algo. Y por demás, hay cosas que nos persiguen para que las compremos, las que nos hacen guiños, detrás de los escaparates o las que te asaltan a mitad de tu serie preferida en acosos que duran 12 minutos. La cosa se pinta interminable, infinita o tal vez, estoy cosificando demasiado este discurso. Reviso mi cartera y cuento, entre otras cosas: un llavero con cinco llaves, tarjetas de créditos, tarjetas del super, tarjetas de salud, de seguridad social, tarjeta de débito, tarjeta de navidad del año 2000 que alguien me regaló, carné de conducir, carné de la biblioteca, el del trabajo, el abono transporte, el de la piscina. ¡La mar de cosas! Cuando a veces nos basta un trozo de sol y una canción para ser feliz. Y no hace falta irse a África por tres meses, para entender para qué sirven tantas cosas.

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