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Mi gimnasio, los espejos y el placer

junio 12, 2008

Hoy ha sido el regreso a mi vida normal entre vacaciones y contracturas. No me había dado cuenta de cuanto echaba de menos a mi gimnasio. No tiene nada de especial este espacio lleno de espejos y de gente sudorosa, y sin embargo, es distinto. Los asiduos -casi todos- se besan cuando llegan (mua-mua) y cuando se van (mua-mua). La profesora es pequeña y musculosa. Rubia a lo Marilyn, pero tan fuerte como ese actor norteamericano que engulle esteroides y que todavía nos amenaza con sus películas de épica pugilística. Es simpática verla cuando va de un extremo a otro dentro de su licra minúscula echando ambientador sobre nuestras cabezas, mientras grita: ¡Aquí huele a tigre! Y los tigres , en su mayoría una comparsa de fisiculturistas inflados a pastillas y batidos energéticos, se quedan inmóviles hasta que el aroma se mezcla con la acidez del aire. Este es mi gimnasio. Hoy he regresado a su dinámica diaria, a flotar entre los tigres y su testosterona. “No te veo desde hace rato”, me dice uno. Le explico lo de la contractura y a pesar de que busco sus ojos, solo los encuentro en el espejo a mis espaldas, donde mira insistente su propia figura. Me faltaba esta atmósfera de barrio y comadreo que reina temprano en las mañanas, cuando hay solo cuatro o cinco chicos que desaparecen por turnos y de dos en dos tras la puerta del baño. Yo, observo, respiro y pedaleo. Pectorales, biceps, estoy a punto de pasar a los abdominales, cuando sale ajustándose el chándal; él otro se incorpora tres segundos después duchado; se aleja hacia la puerta de salida dejando una estela de perfume caro. “Adiós chicas”, grita a los presentes, “bye, bye Martha”, le dice con un humor envidiable a un barbudo que usa un ajustado pantaloncito naranja. ¿Qué pasará detrás de la puerta del baño de los chicos? Mi imaginación mantiene el suspenso para que yo pueda soportar esta agonía de las repeticiones, del músculo que se resiste al ejercicio. La curiosidad puede más que mi constancia. Termino mi sesión con el ritual: dos besos a la profe. Y sé que voy a regresar mañana, a este lugar donde el placer se refleja en los espejos.

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3 comentarios

  1. Sí sirve escribir, y tú lo sabes. Sirve para que no perder la voz de la conversación contigo misma ni la esperanza de que se escuche tu eco. Besitos, guapa


  2. ¿Y al final qué, te vienes o no a mi gimnasio?


  3. ¡Qué de historias que te inventas!!! ¿A que no estaban haciendo otra cosa que cambiarse el del chandal y el otro?! Mala cabezaaaaaaaaaaa



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