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Estados de ánimo

enero 9, 2010

Te lees un libro, una poesía y se acaban las páginas sin enterarte. Ves una película, dos, tres, una detrás de otra para conseguir aturdirte y pensar que no existe otra realidad que esta de la pantalla. Pruebas contigo misma y te quedas en la cama jadeante e insomne.  Asistes al teatro de la mano del frío, esperas a Nadie bajo la marquesina luminosa. Te sientas al lado de unos desconocidos y por la hora de función ríes al unísono, como si sus carcajadas fueran las tuyas, en un acto de apropiación indebida, pero -visto el caso- lícito.  Al final aplaudes simultáneamente, ellos no usan tus manos, tampoco  tocas las suyas. Regresas a esta casa, que de ahora en lo adelante no será más ‘tu’ casa, sino solo ‘esta’.  Te llama alguien, se interesa por ti unos minutos, tu voz habla y hasta hace un par de chistes en tu nombre. La conversación acaba y solo queda el vacío en el que resuenan impacientes los latidos de tu corazón.

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